Impronta Marista

Me corresponde poner un punto y seguido a los actos de esta tarde, que se asemeja al que, sin darnos cuenta, estamos haciendo estos días coincidiendo con la efemérides que celebramos.

Nunca hasta ahora habíamos girado nuestra cabeza a modo de revisión temporal tantos años atrás; 25 años, ni más ni menos.

Por ello, quiero reclamar vuestra atención para que reflexionemos, pongamos en valor y, en definitiva, recordemos (de recordari, recordar, volver a pasar por el corazón) todo lo que debemos a estas cuatro paredes, continente y contenido, metáfora evocadora de todas las personas que aquí nos conocimos pero también de las que aquí nos trajeron para que otras nos educaran y nos dirigieran con firmeza en nuestros primeros pasos por el sugestivo reto –lleno de obstáculos y de oportunidades- en que consiste la vida.

A todos ellos y a todos vosotros, mi más emotivo agradecimiento, sobre todo a los que ya no se encuentran entre nosotros.

A nuestros padres, porque, con mucho sacrificio en ocasiones, acertaron de pleno en la elección de la institución a la que encomendaban nuestra educación.

A los Hermanos Maristas y al instituto Marista en general, por conservar intacto el espíritu de San Marcelino Champagnat de formar buenos cristianos y mejores ciudadanos, bajo la protección de María. Y por imbuirnos además de un espíritu responsable y competitivo. Gracias Basilio, Benjamín, Fermín, Bonifacio, Luis, José

María, Fernando, José Manuel, José Antonio…

A los profesores del Colegio, por haber sido los mejores artesanos moldeando proyectos de personas, ejerciendo correctamente su autoridad bajo la premisa de la ejemplaridad -vocablo muy en boga gracias al filósofo Javier Gomá, hijo de mi admirado maestro en otras lides, D. José Enrique- y cuyo significado nosotros ya conocíamos gracias a la diligente labor de Marina, Juan, Antonio, Carmen, Andrés,

Bartolomé, Ramón, Rafael, María José, Pedro, Pepa Luisa, Joaquín, Nati, José,

Salvador, Isabel, Encarna, Manuel, Felipe, José Manuel, Miguel Ángel, Paco…

Disculpadnos si a veces no hemos estado a la altura o no hemos sabido corresponderos en la misma medida.

Al Personal de Administración y Servicios, catequistas y Servicio Médico, por haber sido la cara amable y el apoyo invisible –o no tanto- necesario en todo este engranaje.

Gracias Mari, Benito, Antonio, Cuadros, Joaquín, Pepillo, Silvestre, María, Curro, José…

Y, ¡cómo no!, a vosotros compañeros -a nosotros-, porque parte de lo que somos cada uno se debe a vuestro concurso -en forma de palabras, gestos, acciones y omisiones-, porque gracias a vosotros sabemos que la vida es demasiado seria para no tomarla en broma y porque siempre nos tendremos muy presentes por pertenecer nuestras vivencias a la parte imborrable de nuestro cerebro, en la que habitan la ingenuidad y el compañerismo por encima de cualquier otra consideración.

Así es como lo hemos vivido intensamente durante todos estos meses los miembros de la Comisión organizadora; así es que como habéis demostrado que lo sentís, especialmente –y permitidme que lo destaque- todos aquellos compañeros que habéis venido de tan lejos.

He comenzado estas palabras hablando de recapitulación. Ahora quiero referirme al presente y sobre todo al futuro, pues queda mucho por delante, con la impronta

Marista como sello identificador.

Al modo de San Mateo cuando nos enseña a construir en roca firme, San Marcelino nos recuerda que en el Hermitage (casa madre Marista), la casa nace de la misma roca. No perdamos, por tanto, nuestro referente, nuestra roca, nuestro Colegio.

Junto a la roca, nuestra roca, no olvidemos tampoco la humildad, sencillez y modestia

Marista identificada con las violetas y que en nuestros sueños los protagonistas sean los demás. Sin miedo. Los Montagne de hoy –aquel joven moribundo que ignoraba incluso la existencia de Dios y que fue decisivo para animar al Padre Champagnat a fundar la congregación de los Hermanitos de María- nos necesitan.

Para ello,¡qué mejor que la oración, la invocación a Jesús a través de María, aunque la Santidad quede lejos!

Estos tres pilares evocadores (roca, violetas, María) se encuentran perfectamente simbolizados en el escudo del Colegio y han sido brillantemente interpretados por

Richard Ruiz Nicás en el cuadro cuya reproducción numerada os hemos entregado.

Sentíos afortunados por tener ese equipaje y por contar con las mejores mimbres pues estudiamos en este Colegio.

Buenas tardes y muchas gracias.

 

José Manuel Calabrús de los Ríos

Antiguo Alumno XXXI Promoción

 

Impronta Marista

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